Mi rojo
La semana pasada Celia Cuervo publicó un post el día de la madre.
Lo leí del tirón, de pie, con el teléfono en la mano. Y al terminar le dejé tres corazones rojos en los comentarios y seguí con mi día. Pero algo se quedó ahí, dando vueltas.
Lo que sentí no era exactamente dolor. Era reconocimiento. Y debajo del reconocimiento, algo más incómodo: la conciencia de que yo nunca había hecho eso. Nunca había contado en voz alta lo que ella contaba. Siempre pensé que no hablar de ello era fortaleza. Ahora pienso que fue miedo. Y que el miedo dejó que todo aquello me aplastara sin que yo tomara las riendas de verdad.
Esta carta es tomar las riendas. Tarde, pero mejor que nunca.
Empecé a intentarlo con 26 años. Paré con 40, ahora tengo 47.
Catorce años. Los mismos que lleva ZUBI. No sé si lo había pensado así hasta ahora mismo, una vida entera para muchos.
Durante todo ese tiempo, mi familia cercana lo sabía. Pero la carga mental me la impuse yo, era mi problema, yo era la que tenía el problema, así que me impuse llevarla, incluso en mi matrimonio. Era muy buena quitándole importancia, a ellos y a mí misma. Anulaba lo que sentía, hacía como que no era tan tremendo, seguía adelante. Por fuera, una mujer que gestionaba. Por dentro, la ansiedad comiéndome.
Lo que nadie veía: que cada fallo era un duelo que no me permitía hacer. Siempre mirando hacia delante, siempre resolviendo, siempre tirando del carro, porque soy así en todo y en esto no iba a ser menos. Cada anuncio de embarazo de una amiga requería una actuación que me agotaba, la tensión de antes de verlas, escudriñar si pedían un vino o algo sin alcohol adelantaba la noticia y a mi me daban ganas de salir corriendo. Que el cuerpo lleva la cuenta aunque la cabeza intente no hacerlo. Y esa cuenta pasa factura, y una muy alta.
Hay algo que nunca me he permitido contar. No tengo mucho instinto maternal. Nunca lo he tenido del todo. No jugaba con muñecas, yo hacía construcciones, leía sin parar y los bebes me gustan pero no con esa pasión que le veía a mis amigas.
Lo que tenía era una fantasía de quién debía ser. Una idea comprada al por mayor, ser una familia es tener hijos, colegios, cumpleaños, una cierta forma de vida, sin preguntarme de verdad si esa era mi vida o la vida que la sociedad había decidido que me correspondía. No había en mi cabeza otra opción vital. Ni siquiera como posibilidad abstracta.
Así que perseguí esa fantasía durante catorce años. Con todo. Con el cuerpo, con el dinero, con la energía, con los años. Y mientras la perseguía, anulaba todo lo demás, las dudas, las preguntas, la voz pequeña que a veces intentaba decir algo y yo silenciaba porque no tocaba escucharla. Vivir así me destrozó, casi se carga mi vida entera.
Lo digo ahora y me parece casi increíble haber tardado tanto en verlo.
El final llegó por un error médico.
Una consulta en la que se dieron cuenta de que se habían olvidado una condición mía. Que anulaba todo lo que habíamos hecho los últimos meses. Me eché a llorar y no pude parar durante días.
No era solo el error. Era todo. Catorce años saliendo de golpe por una puerta que por fin se abría.
Y al otro lado de esa puerta, cuando paré de llorar, cuando pude respirar, encontré algo que no esperaba.
Libertad.
No libertad de algo. Libertad para todo.
Una vida no condicionada por el guión que había comprado sin leerlo del todo. Sin tener que hacer nada porque hay que hacerlo, porque toca, porque la sociedad lo espera. Planes cuando quiero o mejor dicho cuando queremos, con quien queremos. Amigos que siguen nuestro ritmo, no nosotras el suyo. Una vida nuestra, construida desde lo que somos, no desde lo que se supone que debemos ser.
Encontré también el nosotros, que es algo que se suele perder en un proceso así. La carga y la culpa y la parte física la llevamos nosotras, por lo que el YO se vuelve arrollador y el nosotros se diluye.
Lo bueno que no te cuentan del otro lado: que cuando sueltas algo que llevabas tanto tiempo cargando, el cuerpo también lo suelta.
Hoy peso menos que cuando empezó todo. Menos que con 26 años. He quitado los kilos y las penas casi a la vez, no sé muy bien dónde termina uno y empieza la otra.
Hay una forma de entender los colores de la personalidad, amarillo, azul, rojo, verde, que dice mucho de cómo procesas el mundo y las emociones.
Yo soy 70% amarillo, 20% azul, 10% verde.
Nada de rojo.
El rojo es las emociones, la pasión, el amor sin filtro. Y yo lo perdí. No nací sin él, lo fui perdiendo por el camino, protegiéndome, construyendo una coraza tan eficaz que al final me protegía también de las cosas buenas.
Recuperar el rojo me va a llevar tiempo. Lo sé. Pero por primera vez en mucho tiempo estoy dispuesta a intentarlo. Con ayuda, con calma, sin el peso de esos años encima.
Esta carta es un poco de rojo. El primero en mucho tiempo.
Si estás en ello, en los tratamientos, en las dudas, en la presión, en el dolor que nadie nombra del todo, quiero que sepas que no estás sola. Y que lo que sientes, sea lo que sea, es válido. Incluso si lo que sientes no es lo que se supone que deberías sentir.
Especialmente entonces.
Gracias, Celia, por abrir la puerta primero.



Es la reflexión más hermosa, y más certera, que he leído nunca.
Gracias,Mer, por tu valentía. Por tu verdad
Mer enhorabuena por tu valentía. Te sigo desde hace tiempo y ahora me has recordado exactamente como te conocí. En una etapa de sentir que no era la única persona junto a mi marido maravilloso que estábamos en esa misma situación y encontré un podcast que hiciste con María Fernández Miranda. Me encantó y me inspirasteis ambas, a María ya la conocía. Gracias!! Fue en 2021-22. Recuerdo escucharos estando un finde en Madrid. Me di cuenta que contarlo ,cuando terminó el proceso, me daba fuerza. En mi caso de los 36-40. Estoy a puntito de cumplir 46. Y esa fuerza hoy sé que es uno de mis talentos. Soy muy familiar, sin hijos, y una disfrutona de la vida. GRACIAS UNA VE MÁS.
Un abrazo desde Amsterdam (viaje concierto ;)) Olivia Dean).